Inquieta nos pone en la piel de una niña de 8 años a la que le cuesta encajar en la escuela, en casa…, en todas partes. Y es que no puede estarse quieta, es algo superior a sus fuerzas. El libro, desde la primera página, te sumerge en sus emociones, reflejadas a la perfección en el texto y muy especialmente en la ilustración.

Nuestra protagonista, ante la imposición de no moverse, necesita una válvula de escape, algo que le permita liberar tantísima energía, y que la ilustradora refleja en su cabello, una larga melena que adquiere vida propia, y se suelta y ondea a pesar de los esfuerzos de su madre por mantenerla a raya.

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El juego de perspectivas es también clave para entender a “Inquieta”; nos invita a percibir la vida desde otros puntos de vista, otras maneras de sentir, más próximas a la protagonista y alejadas del formalismo hierático del pupitre en la escuela.

Y no es de extrañar que no pueda concentrarse ni tan siquiera cuando la regañan, porque para ella hay otras cosas que llaman más poderosamente su atención: la combinación de colores de la ropa de su profesora, la ausencia de una bolita que formaba un patrón en una cadena…

Con Inquieta vivimos el rechazo y la incomprensión social, el agotamiento de la que más nos cuida y nos quiere pero que desearía que las cosas fueran más sencillas, y también la mirada sincera y sin juicio que pocas personas son capaces de ofrecer.

Quizá fuiste inquieta, o eres madre de una niña inquieta, o su profesora, su tía, o su mejor amiga. Quizá leas este libro y descubras, al igual que la protagonista, que no hay una sola forma correcta de hacer las cosas, que hay muchos caminos y todos y cada uno de ellos tienen su final, tan valioso como cualquier otro.


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