Llegue a El bosque milenario por su portada. Siento pasión por los tonos verdes, y la mirada del protagonista me resultó enigmática, así que tuve que hacerme con él para conocer más en profundidad este cómic.

La visión de las primeras páginas es sobrecogedora. Sé que suena exagerado, pero la explosión de naturaleza verdísima de las ilustraciones y las grandes montañas con tal densidad de árboles que es casi imposible percibir las rocas que la forman, me transmiten un despliegue visual de vida tan en estado puro que me incita a pasar las páginas para poder seguir saboreando esta sensación.

La historia que lo acompaña comienza de manera silenciosa; apenas necesita de texto pues, como ya he comentado, te atrapa solo con la ilustración. Una montaña, una aldea y el silencio. Sin previo aviso un terremoto que lo sacude todo. La naturaleza como fuerza devastadora pero también creadora. El ciclo de la vida, pues tras el terremoto una nueva montaña ha nacido y, con el tiempo, también nace una nueva aldea, Kamikobe.

A esta pequeña aldea arribará el joven Wataru para vivir junto a sus abuelos; su madre, víctima de una fuerte depresión, no puede hacerse cargo de él.

Wataru llega siendo un niño profundamente triste. A pesar de la afectuosa acogida de sus abuelos, serán los paseos por la montaña, y el descubrimiento de que es poseedor de una capacidad especial, lo que le hará recuperar la alegría por la vida.

Pero algo terrible amenaza a la montaña…

No os puedo contar qué es eso tan terrible… ¿Un misterio? Una tragedia, pues desafortunadamente el autor falleció antes de terminar esta obra.

¿Merece ser publicada una obra inacabada? Mi respuesta es un sí rotundo, porque las pocas páginas finalizadas son impresionantes, y trasmiten la esencia de lo que el autor pretendía contar.

Para comprender mejor la obra, el libro viene acompañado de un dossier en el que sus editores en Francia y Japón hablan de la profundidad de la historia, de cómo iba a desarrollarse y del gran aporte que este cómic iba a suponer para el mercado japonés, pues sería un producto totalmente nuevo y desconocido para el mundo nipón; una obra a caballo entre la Bande Dessinne franco-belga (Tintín, Spirou, Astérix y Obélix…) y el manga japonés.  Inspirándose en ambos, el cómic muestra una gran riqueza de decorados e información extra en cada viñeta, pero sin perder el movimiento y la presencia principal del protagonista.

El dossier en sí es fascinante, pues podremos conocer cómo era el proceso creativo de este autor de culto, algo que normalmente desconocemos. Conoceremos las emociones que a lo largo de su carrera aspiró poder trasmitir a través de sus historias, y nos dará unas pinceladas sobre la trastienda de la industria del manga.

Jiro Taniguchi se despide con un mensaje de humanismo, de vuelta a la naturaleza y de respeto por este planeta.

Un libro homenaje con el que disfrutar, y digno de atesorar.


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